miércoles, 1 de marzo de 2017

4 días en Viena. Día 4: Schönbrunn y últimas horas en Viena

Era nuestro último día en Viena pero lo íbamos a aprovechar bien, teníamos el vuelo a las 19.30, así que teníamos bastantes horas para disfrutar todavía de la ciudad. 
Aprovechando nuestro ticket de transporte de 24 horas que sacamos el día anterior, cogimos la línea U2 de metro (línea verde) hasta la parada de Schönbrunn, a pocos pasos se encuentra el Palacio de Schönbrunn, el hogar de verano del emperador y familia. Se encuentra a las afueras de la ciudad y es conocido como el Versalles austríaco.
Fue construido en el siglo XVII y tiene cientos de habitaciones ricamente decoradas en estilo rococó. Nosotros visitamos este palacio en una visita anterior a la ciudad, así que, esta vez ya tuvimos bastante con Hofburg en cuanto a palacios se refiere, pero queríamos acercarnos hasta allí para verlo al menos por fuera. 




Esa mañana hacía muchísimo frío, más que en los días anteriores, de hecho la noche anterior había nevado levemente y en algunas zonas se había acumulado un poquito de nieve, al estar en las afueras de la ciudad, creo que el frío era mucho más intenso, por momentos helador jejeje.



Dimos un paseo por los jardines que se extienden entre el palacio y la Glorieta, un monumento que se encuentra en lo alto de una pequeña colina, no subimos porque los caminos de acceso tenían hielo y el ambiente no estaba muy apacible que digamos. 










Volvimos al metro y nos bajamos en la parada de Karlsplatz, estaba comenzando otra vez a nevar suavemente y hacía un frío intenso!! Nos fuimos hacia la calle Gumperdorfer, una calle que está tomando protagonismo por sus locales de ocio y restaurantes. 
Aprovechamos para calentarnos y pasamos al tomar algo al Café Sperl, otro de esos cafés famosos de la ciudad. Junto con un capuchino y un café latte (que estaba buenísimo por cierto), probamos dos porciones de tarta, una de la típica Sacher y otra de cheescake de manzana. 





El Café Sperl es también muy elegante, con techos muy altos y una decoración con un mobiliario que hace que te transportes décadas atrás.


Queríamos probar la tarta Sacher aquí también y así poder compararla con el resto de lugares donde la habíamos probado, la verdad es que está taaaaan buena en todos, que no sabría con cuál quedarme, eso sí, probarla en el Hotel Sacher es todo un acontecimiento!



Avanzamos un poco por la calle y nos desviamos para cruzar por el Raimundhof, un pequeño callejón donde hay tiendas y algún bar y que va a parar a una de las calles comerciales más famosas, la Mariahilfer Strasse.






El barrio y la calle Marianhilferstrasse deben su nombre a la Marianhilferkirche, una preciosa iglesia barroca del siglo XVII que se construyó en un antiguo centro de peregrinación. 


Desde allí hay un corto paseo hasta el MuseumsQuartier, aunque no íbamos a visitar ningún museo, queríamos llegar hasta la Maria Theresien Platz, plaza que se encuentra entre el MuseumsQuartier y el Ringstrasse. 




Preside la plaza el monumento de la emperatriz Maria Teresa y a ambos lados de la plaza se encuentran dos edificios gemelos que albergan los Museos de Historia del Arte y de Historia Natural, que también son monumentos en sí mismos. 






Como decía, al otro lado de la plaza ya nos encontramos con el Ring, y al fondo el Palacio de Hofburg. 




Atravesamos por el Hofburg hasta llegar a la Michaelerplatz, donde se encuentra la entrada principal del palacio imperial, de ahí que sea una plaza bastante concurrida por turistas. Además en el centro de la plaza se puede admirar una excavación arqueológica.


Desde allí avanzamos por la preciosa Kohlmarkt strasse, donde se encuentra una de las pastelerías más famosas de la ciudad, la Demel,  aunque no íbamos con muchas ganas de comer nada, ya que veníamos del Café Sperl, al menos queríamos pasar a verla, así que eso es lo que hicimos (bueno al final compramos unos bombones individuales que nos comimos en el avión de regreso a casa).






Callejeamos por esta zona comercial, pasamos a algunas tiendas, sobre todo a las de souvenirs para comprar algo para nuestro árbol de Navidad, ya es casi algo obligado en nuestros viajes, jejejeje, y algo encontramos. 
El Graben es la calle principal de esta zona y sin duda una de las más bonitas de la ciudad, sobre todo por la imagen que forma la Columna de la Peste con el resto de los edificios. 







De una de las calles que salen del Graben llegamos hasta el Neurer Markt, la plaza donde se encuentra la fuente denominada  Donnerbrunnen, que simboliza los cuatro afluentes del Danubio.  





Queríamos pasar a la Catedral de San Esteban para verla un momento por última vez, y cual fue nuestra sorpresa que en el interior estaban grabando para la televisión austríaca con un zeppelin teledirigido, así que allí nos quedamos un rato observando. 


Cuando salimos había empezado a nevar con más fuerza, así que decidimos que era momento de ir a nuestro último destino antes de ir al hotel a recoger nuestras cosas. 
De camino encontramos algunas fachadas que parecían sacadas de cuento, justo al lado de la que aparece en la foto compramos nuestra primera snowball y allí descubrimos que son originarias de Viena. 


No queríamos irnos de la ciudad sin probar uno de los cafés más famosos, el Café Central. Se encuentra en una de las partes del palacio Ferstel y desde luego que a elegancia no le gana ninguno. Su interior destaca por las bóvedas y columnas que lo decoran, sus lámparas y su gran mostrador donde muestran la pastelería que se puede degustar. 




Además de los exquisitos dulces, en el Café Central, como en otros de la ciudad, también se pueden degustar otros platos típicos de la gastronomía austríaca. Así que tras acomodarnos en una mesa (no tuvimos que esperar mucho), pedimos dos platos para compartir que estaban realmente buenos. 



Y ya sí que tocaba ir al hotel a por nuestras maletas para dirigirnos hacia el aeropuerto, menos mal que el autobús que nos llevaba estaba bastante cerca, porque nevaba, los tejados se empezaban a cubrir de blanco y nosotros nos íbamos con pena de esta preciosa ciudad a la que algún día volveremos de nuevo. 



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