martes, 11 de agosto de 2015

Marrakech

Marrakech era de esas ciudades que tenía idealizadas, de las que siempre había querido visitar, así que, aprovechando un viernes de septiembre festivo en nuestra localidad, en 2011 nos fuimos Diego y yo a pasar un fin de semana largo a esta ciudad.
Llegamos muy pronto al aeropuerto de Marrakech Menara, tan pronto que cuando llegamos a nuestro riad, los propietarios aún dormían. Para nuestra estancia en Marrakech elegimos el Riad Aguaviva, uno de los mejores de la Medina, un oasis dentro del caos. Enseguida nos recibieron, nos llevaron a nuestra habitación y se ofrecieron para acompañarnos en nuestra primera toma de contacto con la ciudad, sin duda los propietarios del Riad Aguaviva son de lo mejor que nos encontramos allí, hicieron que nuestra estancia fuese mucho más fácil, nos recomendaron lugares donde comer, y nos advirtieron de lo que nos íbamos a encontrar en las laberínticas calles de la ciudad.










Tras acomodarnos salimos a recorrer la ciudad, el primer lugar al que nos dirigimos fue a la famosa plaza Jemaa el Fna, lugar de encuentro de locales y turistas, vendedores todo tipo de objetos, aguadores, sacamuelas, encantadores de serpientes....., en fín, un lugar donde pararse a observar todo lo que acontece a tu alrededor. Por ser una cultura diferente, a primera vista todo llama la atención, quieres observar todo, pero enseguida te das cuenta de que los turistas son fuente de ingresos para los que allí se encuentran, tendrás que tener cuidado a donde diriges tu cámara de fotos para evitar encuentros desagradables con algunos habitantes de la Plaza. Era muy temprano y la plaza estaba aún casi desierta, estaban montando los típicos puestos de zumo de naranja "recién exprimido", digo lo de recién exprimido porque con las temperaturas que hace allí, las naranjas casi a pleno sol y que de repente te den un zumo fresquito, no me cuadra mucho a pesar que que le indiques al vendedor que lo quieres recién exprimido. Al menos el que tomamos nosotros estaba muy bueno y nos sentó fenomenal.


En un local al lado de la Plaza nos tomamos nuestro primer té moruno junto con algún dulce típico marroquí.



El Palacio Bahía fue de los primeros lugares que visitamos, fue una primera toma de contacto con la impresionante arquitectura que domina la ciudad. Como muchos de los palacios de este estilo, tiene un gran patio central con una fuente y alrededor habitaciones ricamente decoradas en estilo islámico.










Otro de los Palacios que visitamos fue el de Badi, o mejor dicho lo que queda de él. Nada más traspasar sus muros puedes darte cuenta del gran parecido que guarda con la Alhambra de Granada, sobre todo por ese color rojizo de sus muros.








Cerca de la Plaza Jemaa el Fna se encuentra uno de los monumentos más representativos de la ciudad de Marrakech,  la mezquita de la Kutubía, su alminar vuelve a recordarnos un monumento de ese estilo en España, la Giralda de Sevilla. Con casi 70 metros de altura, el alminar de la Kutubía es el edificio más alto de la ciudad.


Antes de buscar un sitio para comer, pasamos nuevamente por la Plaza Jemaa el Fna que en ese momento del día estaba en plena actividad.





Salimos de la plaza y nos perdemos un poco por la Medina observando el ir y venir de sus gentes y también  de sus animales, los cuales son parte fundamental en las tareas del día a día. 








Para comer elegimos el restaurante Dar Moha, un lugar encantador, tranquilo, con un gran patio interior donde degustar alguna de las delicias de la comida marroquí. Lo recomiendo totalmente porque fue uno de los que más nos gustaron de toda la ciudad. Recuerdo que no había mucha gente, quizás porque se nos había hecho un poco tarde, nos sentaron en una mesa al lado del estanque, el ruido del agua y el suculento menú lo convirtieron en un momento idílico.


Como habíamos madrugado muchísimo, el cansancio era más que evidente, así que decidimos volver al hotel a descansar un rato para después salir y seguir descubriendo la ciudad. 
No queríamos perdernos el espectáculo de la Plaza Jemaa el Fna al anochecer, así que llegamos con tiempo, dimos un paseo y subimos a la terraza de uno de sus famosos cafés desde el que observamos no sólo un bello atardecer, si no la transformación del lugar. Poco a poco van desapareciendo los puestos de zumos, los encantadores de serpientes y el resto de cosas que encuentras a la luz del día para dar paso a los puestos de comida que se montan cada tarde en la plaza. Es impresionante la rapidez con la que se va transformando, el atardecer deja paso a la noche y con ella se encienden las luces de los puestos que se mezclan con el humo de las parrillas, es un ambiente único, digno de ver desde luego, pero desde allí arriba, pues una vez que bajas a la plaza y caminas entre los puestos, el espectáculo no es muy agradable que digamos, o al menos eso nos pareció a nosotros a los que no nos parecía nada suculento comer una cabeza de cabra asada.
















Nosotros fuimos a cenar a un restaurante que nos recomendaron en el Riad Aguaviva, donde nos comimos un mechoui,  típico plato de cordero con verduras.



Nuestro segundo día en Marrakech comenzó con la visita a la Madraza de Ben Youssef, fundada en el siglo XIV y era una de las principales escuelas coránicas. Fue de los monumentos que más me gustaron de la ciudad, y también en este caso guarda gran parecido con alguno de los patios de la Alhambra de Granada. Tiene un gran patio central con un estanque al que se asoman las habitaciones de los que allí se alojaban con la intención de aprender verso a verso el texto del Corán.







Enfrente de la Madraza de Ben Youssef se encuentra la Qoubba Almorávide de Marrrakech que se utilizaba para las abluciones antes de ir a la mezquita de la que formaba parte y que hoy ha desparecido,  es la única construcción de este estilo que queda en pie en la ciudad.


Nos adentramos en los laberínticos zocos, lugares para comprar todo tipo de mercancía y sobre todo lugares donde armarse de paciencia para aguantar a los pesados vendedores. Aquí es donde el arte del regateo se pone en juego, y en nuestro caso reconozco que nos vencen rápido, no estamos muy duchos  en este arte y además no nos gusta entrar en el juego, siempre nos queda la sensación de engaño por parte del experto. Aún así merece la pena pasear entre los puestos y disfrutar del colorido de todo lo que allí se expone, pero en ese tipo de mercados nunca sabes cuál es un precio razonable para las cosas y eso es algo que por lo menos a mí me desconcierta bastante.



Uno de los zocos que más nos gustó fue el de las especias, los montones de curry, canela, hierbas aromáticas y otras delicias desprendían un olor muy agradable que inundaba todo.










Atravesando este zoco se llega a la conocida Plaza de las Especias, mucho más tranquila que la Jemaa el Fna y con un encanto especial, quizás fue de los lugares donde más tranquilos pudimos disfrutar del ambiente de la ciudad. Nos sentamos a comer en el Café des Épices (Café de las Especias), recomendado en muchos lugares de viajes y subimos a  su terraza para tener una mejor vista de la plaza. 











Para desconectar un poco de la caótica Medina, nos fuimos a visitar algo totalmente diferente pero que también se encuentra en Marrakech, se trata de los jardines de Majorelle, un gran jardín botánico diseñado cuando la ciudad aún formaba parte del protectorado francés. Es un lugar muy agradable para pasear y disfrutar de la vegetación que constrasta con el color azul majorelle con el que están pintadas las construcciones que hay en su interior. 






Para terminar la jornada nos fuimos al Hammam Le Bain Bleu,  donde nos dieron un baño calientecon masaje exfoliante con jabón negro que, además de relajarnos con su aroma, nos dejó una piel maravillosa. Sin duda es uno de los mejores recuerdos que tenemos de Marrakech.


Del tercer día en Marrakech sólo disponíamos de la mañana antes de marcharnos al aeropuerto, así que decidimos visitar el zoco de los tintoreros, donde en un momento y casi sin darme cuenta, me ví envuelta en un paño azul como si me dispusiera a salir en una caravana hacia el mismísimo Sáhara. El empleado de la tienda fue muy amable y nos vimos casi en la obligación de comprarle un pañuelo, el cual me juró y perjuró que no iba a desteñir porque todo estaba hecho con tintes naturales, menos mal que no lo metí en la lavadora junto con el resto de la ropa. Creo que aún cada vez que se moja sigue soltando tinte verde....... En fin, él quería vender su producto a toda costa y tenía que utilizar todas sus armas y además lo hizo muy bien,  menos mal que por lo menos fue bastante barato.



Antes de volver a por nuestra maleta para marcharnos al aeropuerto, comimos en un precioso riad que había sido restaurado con mucho gusto. 



En el Riad Aguaviva nos despedimos de sus propietarios,  ellos son españoles que viven en el propio riad y reconocían que de vez en cuando necesitan volver a España y escaparse de allí, de ese caos que es la Medina, de tener contacto con otras personas, otra cultura, porque en ocasiones puede llegar a agobiar.

Dejamos atrás Marrakech con una sensación un tanto agridulce, nos llevábamos un montón de imágenes preciosas de toda la ciudad,  habíamos disfrutado a nuestra manera de su ambiente, su rica gastronomía, habíamos descubierto esa luz mágica al atardecer cuando el color rojizo de las murallas parece encenderse aún más, pero no habíamos conseguido una de las cosas más importantes cuando viajas, no habíamos conectado con la propia ciudad ni con sus gentes. 

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